domingo, 10 de agosto de 2014

Peppermint Frappé (Carlos Saura, 1967)



Muchas veces he pensado que, para este blog, podría mandar todo el resto de películas bien lejos y quedarme sólo con lo hecho por Carlos Saura, quien desde "La Caza" hasta los 80 parece marcado por la infabilidad. "Peppermint Frappé", la siguiente película a "La Caza", tiene parte de los elementos canónicos de estas películas: fotografía (magnífica) de Luis Cuadrado, visión algo más intelectual de los viejos temas hispanos, José Luis López Vázquez, Alfredo Mayo. La religión, la provincia, la intelectualidad. Y Saura obsesionado por unos cuantos directores de cine cuyo rastro se ve en varias de sus películas  y en todo el metraje de ésta: Bergman, Hitchcock y Buñuel, a quien se la dedica.

El protagonista de la historia es el olor a rancio: es Cuenca, y es López Vázquez, un radiólogo de Cuenca que va a visitar a un viejo amigo (Alfredo Mayo) y lo encuentra prometido a una mujer moderna (Geraldine Chaplin) que, al verla, identifica con una mujer que tocaba los tambores en Semana Santa en Calanda. Al momento se obsesiona, comienza una vida casi conjunta con ella y su amigo, llevándola arriba y abajo por la ciudad en su descapotable y por lugares que fueron importantes para él, y finalmente se la intenta llevar al huerto sin mucho éxito. Como no puede, va directo a por su ayudante en la consulta, a sus ojos practicamente idéntica (en la película también interpreta Geraldine Chaplin), y a quien finalmente decide hacer igual a la mujer de su amigo. Mientras tanto podemos ver flashbacks que muestran la psique del protagonista, y retazos de sus obsesiones con los recortes en revistas femeninas.

López Vázquez ha hecho una buena barbaridad de papeles de todo tipo, desde el español medio y gris hasta el de psicópata, pero me va a resultar difícil ver una película donde resulte tan inquietante como en esta. Con una conexión temática a medio camino entre las películas desarrollistas (el landismo) y entre el cine europeo y norteamericano, resulta ser una persona sexualmente reprimida, frustrada, y con unas obsesiones fetichistas que harían perder el sueño a Freud. Saura adopta el punto de vista del narrador poco fiable y todas las imágenes deben de ser interpretadas según las obsesiones de Rodrigo. Un Rodrigo que, al contrario que en el cine desarrollista, se obsesiona por la sueca pero la sueca no le hace el menor caso, ante lo que se obsesiona con otra chica y se convence que es casi igual que la extranjera.

Hay muchos parecidos formales y de fondo con la posterior La Prima Angélica, como es narrar la historia desde el punto de vista de la mente enferma del protagonista, de tal forma que el propio Saura es un narrador no fiable. Se suele mencionar el simbolismo con el franquismo, de la España inmovilista contra la España del progreso, pero si se quisiera hacer una lectura política sería haciendo general la personalidad del protagonista, confundido entre su educación castrante y sus fantasías sexuales. Lo más interesante lo veo en cómo se va acercando al terreno del surrealismo, hasta el punto que no se sabe cuánto de lo que cuenta, respecto a lo que sucedió "en realidad", es parte de sus deseos (especialmente la recta final), aunque con lo que se queda uno es con el divertido subtexto sacrílego que tienen varias de sus escenas, el aún más divertido contexto freudiano (cuando no directamente fálico) y a una Geraldine Chaplin que aquí sí estaba radiante.

Me recuerda a las provincias de antes, de pantalones de pana, matanzas del cerdo, olor a hojas podridas y cosas oxidadas y a medio derruir. Saura consigue hacer el paralelismo entre eso y la mente de un personaje. Qué tarde he descubierto lo bueno que eras, Carlos Saura.




jueves, 24 de octubre de 2013

La muestra de control: Lo verde empieza en los pirineos (1973, Vicente Escrivá)



Me he dado cuenta que para poder valorar las películas de Querejeta y demás hay que tener un contexto, y el contexto es precisamente el comercial, el otro cine, el cine del landismo de la época. Y dentro del cine landista creo que ésta es la más característica: con un reparto que estaría en gran parte de las películas tardofranquistas intelectuales (López Vázquez, José Sacristán) e incluso con los mismos temas. Es esta coincidencia temática lo que más me intriga: estas películas sobre la España desarrollista también tienen un componente crítico, aunque está tratado de una forma notablemente distinta.

También os tengo que confesar una cosa: muchas de estas películas las estoy viendo a trozos, profundizando cada día en una escena en concreto, encontrando puntos en común, disfrutando del reparto y de la forma en la que se interpretan los textos para, a veces, elevarse sobre ellos. Y como muchas veces coincide en que José Luis López Vázquez, el actor que no se aburrió en los 70, con lo que los parecidos se amplifican. Pero al final queda todo en películas muy distintas con fondo parecido.



El punto de partida de "Lo verde empieza en los Pirineos" es irresistible desde el ingenioso título: varios españoles medios y gris deciden ir a Biarritz a poder ver películas que no llegaban a España y de paso a ver mujeres que no se veían en España. Ese punto de partida y esos primeros minutos, fracamente, me vuelven muy loco: López Vázquez traumatizado con las mujeres por culpa de los curas y viéndolas, si son atractivas, con una barba espesa; un bar cutre en donde se vuelven locos por ver una postal de una mujer desnuda (de la que se habla en todo el pueblo); unas de las primeras muestras de cine exploit censuradas y recortadas dejando a los españoles cerdetes totalmente frustrados... Es un universo que es la parte lúdica y ligera del universo de las películas de Querejeta: españoles que ven todo lo externo como más atractivo, locos por la entrada de las mujeres extranjeras con poca ropa en verano, con una crisis en la treintena y la cuarentena, que desprecian a sus mujeres, y con un machismo y una misoginia que revela, de forma explícita, el auténtico terror que tienen a verse desnudos ante el otro sexo.


Nadie mejor que López Vázquez para este papel, que interpretó en todas sus sutilezas y permutaciones posibles a lo largo de tres o cuatro años. Él, Rafael Alonso y José Sacristán hacen lo que les manda el guión y la dirección: interpretar esa historia como si fuera un sainete o una revista. Y es esto precisamente la diferencia más notable con el resto de películas de cine progre: el tono, muy de Arniches, o en referentes más modernos, muy de Pepa y Avelino. Esto es el landismo (sin Alfredo Landa esta vez): en vez de criticar, reírse con, en vez de denunciar, brindar por ello. Tiene también todo un toque infantilista (al fin y al cabo lo del trío protagonista es un road trip practicamente idéntico al de "Días de viejo color", pero aquí hasta cantan canciones de campamento), y en vez de una Francia que acongoja como la de "Españolas en París", aquí hay una Francia paradisíaca llena de libertades y... que esto es, en definitiva, un panfleto turístico de Biarritz, "tierra de la cultura cinematográfica".



Pero por cada provincianismo y catetismo, hay momentos de humor con alguna lectura interesante y que realmente sí refleja (o debe reflejar, que al final parece que las películas son lecciones de historia) las inquietudes españolas de entonces. La primera es la eterna hipocresía de los españoles: en casa, nada de sexo, y fuera, libertad total. Todo por el qué dirán. Biarritz, como un cuarto oscuro, es un universo donde, al salir de él, la gente vuelve a la normalidad, pero que dentro de él se vuelven locos. Pero, de todo de todo, lo que más me gusta es que recuerda aquella época donde uno se tragaba los mayores pestiños eróticos disfrazados de intelectualidad junto con dramas realmente interesantes o comedias, porque hiciera lo que hiciera la gente detrás de las cámaras, lo que importaba era ver cacho. Ahí está la muy significativa parte donde el trío se debate entre ver "Ella, yo y el otro" , "Inga" o "La gran comilona" , y en ésta no llegan a meterse porque alguien les dice que trata sobre la decadencia de Occidente. Como si no tratase de eso y se enseñase carne a la vez. Al final ven cinco veces "El último Tango en París", "Clínica sexual", se quedan dormidos en "La naranja mecánica" (!!!!) y, en el fondo, les da igual todo. A ellos y al resto de españoles, cinéfilos como nunca en la vida motivados por ver tetas. Esta idea me parece un tanto subversiva y maravillosa: gente que se vuelve cinéfila e intelectual por buscar material de paja. Ahí estuviste fino, Vicente Escrivá.



No voy a negar que esto es echarle mucho entusiasmo a un humor típico de Larry Laffer, pero al igual que con el protagonista de esas aventuras gráficas, Escrivá juega a que te identifiques con ellos, te rías con ellos, te rías de ellos y los desprecies cuando creas que jamás podrías llegar a esos niveles de ridículo, así con unos cuantos terrores típicos heterosexuales. Pero claro, también tiene problemas, y un problema muy metatextual que ya habréis adivinado: es una película en la que había que meter cierta cantidad de carne y sexo chungo, y aparte, es una película en la que todos los mejores cartuchos se gastan en la primera mitad, y no puede evitarse el giro moralizador.


Y pese a que el trío protagonista está formado por muy buenos actores, es Nadiuska quien llama la atención: una mujer guapísima, expresiva, y un personaje que es puro pathos andante (metatexto!). Es ella, la música de Antón García Abril y una cierta pericia montando escenas del Escrivá lo que uno recuerda de, eso, este sainete, esta recopilación de temas venidos y por venir, esa mezcla entre comedia antigua y comedia por venir, y con algunos toques de ternura muy inesperados y muy bonitos. O quizás soy yo, que estoy con la morriña.


miércoles, 16 de octubre de 2013

Habla, mudita (Manuel Gutiérrez Aragón, 1972)

Hola. He vuelto. Tras casi un año en Londres y con una rutina más o menos asentada, vuelvo a visitar ESPAÑA mediante su cine. En estos meses el cine español se ha devaluado cada vez más, las voces sobre la necesidad de acabar con la cultura, la subvención, los funcionarios, el estado y el país en general se multiplican, y todo el mundo se ha convertido en los más terroríficos relatos de ciencia ficción de los 70. Volver al cine patrio de esa época, con su sordidez, casi parece un descanso. Era todo un asco, pero al menos se respiraba alguna posibilidad.

Ah, pero Manuel Gutiérrez Aragón. Un amigo me comentaba esta mañana que es uno de esos directores que parecen una parodia de sí mismos... para después confesarme que no había visto apenas películas suyas. Yo sí, y entre todas ellas, una fantástica, "Visionarios", pero la fama de ser uno de los directores más sobrevalorados de este cine y de ser pasto de un círculo felatorio entre crítica y cine es algo que siempre le ha perseguido. De hecho buscando información sobre esta película, acabé ojeando en Google Books una entrevista de Augusto M. Torres al susodicho que casi da vergüenza de la condescendencia mutua, como si todo el cine suyo fuera una broma privada. Una sensación que también tuve a ratos al revisar "Habla, mudita".



La idea del largometraje, por parte suya y de José Luis García Sánchez - otro personaje que causa mareo al repasar una filmografía ahora llena de títulos olvidadísimos - es la de un profesor que al conocer a una chica muda se obsesiona por enseñarle a hablar, y eso está explicado desde el mismo título. Lo curioso son los bandazos que se dan al explicar esta historia, la cantidad de temas que se apuntan y no se desarrollan, los cambios temperamentales de sus personajes y cierta fascinación con lo rural. Y voy a llamarlo curioso por darle bastante generosidad, ya que toda la historia parece un conjunto de parches que no van a ningún sitio en concreto y adornados con una musiquilla que parece ser irónica.


Gutiérrez Aragón es de Torrelavega, y la película retrata el paisaje montañoso tan del norte de una forma admirable, con una iluminación y planificación que realmente huelen a bosque y a mierda de vaca.  En la cima de una de las montañas está una casa familiar donde está López Vázquez y resto de una antipática prole, dominando desde ahí los bosques del norte. Y en esos bosques de ensueño Don Ramiro, el personaje de López Vázquez, cual Caperucita, se pierde al irse por un mal camino y quedarse dormido, así que hace lo que cualquier otra persona haría en su situación: agarrar el rabo de una vaca para que le guie a través de la niebla.


Llega a un hogar, y en el hogar ve tres platos, tres vasos, tres camas. De nuevo hace lo que todo profesor cabal haría en una situación normal, y se pone a comer la sopa y a echarse una siesta. Sí, Gutiérrez Aragón, lo hemos pillado: es muy divertido hacer que López Vázquez sea Caperucita y Ricitos de Oro. Divertidísimo. Y hacer de los tres osos a tres señoras de Torrelavega, ya una de las cimas del humor del cine patrio. Sarcasmo off.



Al menos esta escena muestra el dominio de Luis Cuadrado en la fotografía (quizás es a él y a López Vázquez a quien hay que agradecer que la película sea visible) al convertir esa casa rural en una auténtica cabaña del lobo, con señoras de diversa generación que invitan a cenar y a dormir a dicho hombre, que ¿se enamora? ¿queda fascinado? de una bella Kiti Manver, efectivamente muda, a quien lleva a dar un paseo. Él intenta conversar con ella, frustrado porque ella no le responde, y ella mata un autillo y se lo da cual animalito. Ella le insta a tocar un flautín medio roto, y con el escaso sonido empieza a bailar por el bosque, mientras él insiste en enseñarla a hablar.



¡Bandazo! Cuando creíamos que se iba a centrar en esto, Gutiérrez Aragón decide centrarse en lo primitivo de lo rural, que trata al tonto del pueblo con risas y desprecios y que muestran bastante represión sexual. Vuelve la familia antipática, después se va. Don Ramiro se empieza a comportar de forma rara con la mudita, hasta violenta, sin que a nadie le parezca raro que le de bofetadas gratuitas y sin que eso forme parte de nada en concreto. El pueblo parece que pasa de ellos completamente, la mudita empieza a cansarse de tanto mareo, el tonto del pueblo se dedica a actividades como serrar hierro para molestar al protagonista.



¿Esto va a algún sitio? ¿Va a ser un drama? No se sabe. No tiene sentido. En un momento concreto el pueblo se pone en contra de Don Ramiro y le insulta. Y la mudita en un momento concreto se va con él, se meten en un autobús, pasan una noche aparentemente platónica, y el pueblo se acerca cual horda de zombis hambrientos a acosarles por ninguna razón en particular. Simbolismo. Drama. Qué. Coño. Es Esto.


Pues esto es Gutiérrez Aragón vendido de forma fabulosa por Elías Querejeta, que la llevó al Festival de Berlín y consiguió que fuese la candidata al Oscar a la película extranjera. Esta rareza. Esto que no es que sea un nivel de punkismo narrativo a lo "Repo Man" de Alex Cox o cualquiera de Greg Araki, sino que está entre la pedantería y la vergüenza como el "Qué?" de Polanski. O no, porque ¡la fotografía es muy bonita!. O porque es simbólica, muy simbólica, y es esta forma precisamente como se la ha vendido toda su vida. Mi impresión es que sí, metáfora y símil hay, pero sin formar una coherencia narrativa que los haga válidos. Unos hablan de López Vázquez simbolizando el progreso frente a la cerrazón del franquismo, pero sinceramente Don Ramiro no es un personaje excesivamente progresista. Gutiérrez Aragón en su libro lo resumía en que es una película donde un profesor quiere enseñar a una muda y la muda le hace perrerías, pero eso tampoco es cierto. Hay una carga simbólica muy obvia en escenas como las cabras rumiando libros o el pueblo azotando el autobús, pero tampoco tienen mucha conexión, como los cambios de humor nivel personaje de dibujos animados japoneses que tiene López Vázquez, quien hace milagros con su personaje.

Creo que, analizando todos los sentimientos encontrados que me ha producido "Habla, Mudita", puedo concluir en que es un poco mierda. Puede que importante para el cine español, o importante en conseguir un tono en todo lo que produjo Querejeta, pero bastante mierda. Que alguien me corrija si me he perdido algo en tal ensalada de ruralezas.

miércoles, 26 de diciembre de 2012

El Desencanto (Jaime Chávarri, 1975)

Jaime Chávarri o Michi Panero, por lo que cuentan, y Elías Querejeta apuntándose otro tanto como motor del mejor cine de entonces. "El Desencanto" es, por consenso, LA película que mejor simboliza la muerte del franquismo. Y como siempre, de acuerdo, la familia de los Panero Blanc son un paralelismo perfecto del régimen, y su desestructuración se puede interpretar como los males de una dictadura que supuestamente mantenía el orden, pero eso es quitar mucha humanidad a los personajes del metraje. Que, vaya, no son personajes, que son gente de verdad. Y que esto es un documental.

Creo que lo que "El Desencanto" deja claro es que la sobredosis de inteligencia e intelectualidad crea monstruos, y que la sobredosis de clase y educación los mantiene bien fuertes y alimentados, hasta que escapan, aunque sea temporalmente. Los monstruos aquí son las crisis de Leonardo Panero, la figura ausente del padre, las relaciones entre todos y los hachazos dialécticos que se lanzan entre sí. Felicidad intenta mantener el tono bucólico, con sus menciones al viento azotando las encinas y a Madame Bovary, pero en seguida los hijos empiezan a sacar la porquería, sobre todo Michi. ¿Por qué no se opuso cuando asesinaron a unos cachorros? ¿Por qué no se opuso a su padre? ¿Por qué aguantó mientras el padre Panero la dejaba para estar, de forma más o menos platónica, con su amigo Luis Rosales noche tras día? Juan Luis intenta huir del conflicto encerrado en sus fetiches, su alcohol y sus poses de intelectual de los 70, Felicidad responde con sonrisas, Leopoldo contesta sus dardos, Michi se muestra indignado con el destino de su hermano y la cobardía de su familia.

La estructura deja a Leopoldo ausente durante la primera mitad, que quizás se hace un poco dura. Esos momentos los llenan los soliloquios de todos, quienes hablan entre sí a veces mediante diálogos y a veces en monólogos. Los chicos casi nunca miran a la cara, no dejan de fumar, tienen unos acentos indescifrables. Hablan con subordinadas interminables, como si esas subordinadas ocultaran la crueldad que recuerdan. Cuando aparece Leopoldo empiezan las recriminaciones más bestias, sin que Felicidad pierda la sonrisa, y de hecho sin que ninguno de ellos la pierdan: parece que aún no estén acostumbrados a tener conflictos entre sí y que los quieran evitar, aunque el orgullo les obligue a soltar sus opiniones con toda su crueldad. Se quieren querer, o se querían querer.

Es fascinante a muchísimos niveles. Por un lado casi funciona como una metapelícula de todos los temas; en un momento Juan Luis habla de la crueldad intrínseca de la población española que tanto le fascina y detesta (vamos, lo que en este blog denomino "mezquindad"), y todo lo que cuentan parecen variaciones de los argumentos de novelas conocidas críticas con la sociedad patria. Por otro lado ¡que son gente de verdad! que son ellos los que se han dejado destripar frente a la cámara. Y por otro, que es el que más me gusta, es un retrato fantástico de la intelectualidad, de sus intentos de entenderlo absolutamente todo partiendo de una cultura inmensa y de la enorme frustración de no entenderlo. Ese desprecio y autodesprecio que tienen todos. Ese cinismo que no puede ocultar muchos prejuicios e ideas equivocadas. Y ese bestial talento que tienen los cuatro, aunque cada uno en una medida distinta, en ver la vida de una forma alejada, irreal, que parece intrínseco al creador. Cuatro personajes que tan pronto están dando rodeos para hablar de sentimientos como se hablan de chupar rabos a cambio de tabaco o de acusaciones de tomar "grifa".

Eso sí, me ha costado al menos 10 intentos lograrla ver entera. Se disfruta, es enteramente citable, pero es dura de ver y quizás de entender. Y maravillosa también.

sábado, 24 de noviembre de 2012

Furtivos (José Luis Borau, 1975)

En mi imaginación siempre he confundido esta película con "La Caza", de tal forma que ambas tramas se cruzaban y me imaginaba que en realidad existía una película que trataba de ambas cosas: varios cazadores en busca de conejos que se encuentran con una relación madre-hijo bastante malsana. Una vez vista, la confusión es totalmente justificada: hay muchísimos puntos en común entre ambas películas, aunque si bien la de Saura iba más hacia el simbolismo sobre los temas de la Guerra Civil y las dos Españas en la Castilla más árida, Borau y Gutiérrez Aragón hablan de la chunguez del mundo rural, ese mundo que rodea a los bosques. Pero con la misma cantidad de violencia, eso sí, y la misma progresión hacia la tragedia indefinida. Y esta vez, con culos y tetas.

El drama trata de un cazador furtivo que vive con su madre en una casa/hospicio perdida de la mano de Dios, en medio de un bosque con arroyos, ciervos, cepos, alambradas, lobos y perros salvajes y demás elementos del campo. En una visita a la ciudad conoce a una mujer que se le insinua de la forma más zorril, haciendo que éste se la lleve a casa y que aparte el lugar de su madre, quien no se toma demasiado bien esta intrusión. Y luego suceden más cosas que dan varios giros al drama antes de llegar a la inevitable catarsis violenta.
Sí, Lola Gaos. Sin duda es una película que gira alrededor de ella. Creo que no ha habido ninguna actriz que caracterizase mejor la tipa de pueblo cabrona (en "Mi querida señorita" su personaje no era muy distinto), y aquí mata perros a hachazos con toda naturalidad, destilando odio, formando un personaje muy verídico y muy complicado. Ovidi Montllor pone cara de palurdo, Borau hace de Gobernador que por un lado persigue la caza furtiva - conociendo que madre e hijo son cazadores furtivos pero pasándolo por alto, aunque ellos tienen que hacer el paripé - y por otro se pasa a comer siempre los guisos de la madre con sus amigos, guisos que vienen de la caza furtiva, por supuesto. Dejando "una miseria" a cambio.

El elemento que separa de forma más clara a "Furtivos" del resto de películas de las que se ha hablado aquí es el sexo. Sexo rural, sexo no bienvenido, sexo pecaminoso antes del matrimonio, sexo chungo en definitiva. Pero en espíritu es una vuelta a los mismos temas que se trataban en "La Caza" (con la que comparte un actor, Luis Merlo): las celebraciones sociales como algo forzosamente feliz que en realidad causa malestar, los sentimientos no expresados que desembocan en violencia, la falta de empatía y de entendimiento que sólo se puede resolver a hostias y escopetazos. De hecho aquí también se caza mucho, donde el papel de los conejos lo desempeñan los ciervos, con la misma cara de víctimas inocentes y seguramente el mismo papel metafórico.

Y no sería mucho más que esto si no contara esta historia bastante sencilla con la sequedad con la que lo hace, estampándote en la cara todos los elementos de un tardofranquismo enfermo, que dependía de una moral católica hipócrita donde el sentimiento de culpa sirve como excusa para perdonar cualquier falta o pecado, donde dentro de los muros de las casas pasaban cosas que no se contaban, que no se pensaban, que podían imaginarse pero luego se santiguaban evitando esos pensamientos pecaminosos.

 La comida y el alcohol también forman parte de la sagrada trinidad de la chunguez. Platos de cuchara, pan compartido y pellizcado y una botella de la que la madre bebe a morro mientras ofrece vasos y adorna los guisos conel mismo contenido. Pero no se le echa la culpa exactamente a eso, o "Furtivos" no va exactamente de esto... el contraste entre las escenas de ciudad y las de la casa sí que muestran lo que critica, que es un mundo rural que se ha dejado asilvestrar, donde se sabe que se cometen tropelías pero se permite. Los personajes se odian entre sí, se odian a muerte, pero lo dejan estar. Y mientras lo pagan con los mamíferos, claro.

 Recomendable entonces. Es una pena, por otro lado, que sea la única película por la que se recuerda al recién fallecido José Luis Borau, aunque el carácter de este hombre y lo loco de alguna de sus empresas casi lo justifique... en fin, que vuelvo a actualizar, que estoy en UK, y que me va de culo por ahora.

sábado, 20 de octubre de 2012

Españolas en París (Roberto Bodegas, 1971)

La tercera vía. Parece que había un concepto en el cine de los setenta que se llamaba así y ¿de qué trata? Pues de algo que quería ser el punto medio entre el cine de éxito comercial tardofranquista (las de José Luis López Vázquez que no caben en este blog ¡desgraciadamente! ¡qué panzada a reír con "Lo Verde Empieza en Los Pirineos"!) y del cine de Querejeta, que fue un invento del productor José Luis Dibildos. Películas de españoles salidos pero no. Películas de crítica social pero no. Y dentro de estas películas, obviamente olvidadas por su tibieza en la denuncia, Españolas en París fue la primera representante y seguramente la más conocida.


En lo personal hay mucho de lo que me avisa esta película: chicas españolas que se iban a trabajar a París como internas, a la aventura, dejándolo todo. Ana Belén (cuya carrera cinematográfica consiste en una sucesión de joyas ahora descatalogadas e inencontrables) es una chica de Sigüenza, hija de campesinos, que aterriza en París para hacer basicamente de todo en la casa de una pareja burguesa de franceses. Ella vive con todas las chicas en el ático de un edificio, y van haciéndose su vida en una tierra extraña mientras la película no se sabe muy bien si ejerce de costumbrismo o de manual para las mujeres que fueran a hacer lo mismo: aprende a mandar dinero (para que su hermano se pueda pagar la carrera "porque estudiar es lo más importante", ojo), a comprar queso, a ir por el metro... Y mientras tanto, aparece José Luis López Vázquez (posteriormente sustituido por José Sacristán, siendo oh tan metafórico esto) haciendo la versión respetable de la trama de "Lo Verde Empieza en los Pirineos": de turismo en París, comprando revistas eróticas, conoce a una maja francesa.

La verdad, qué gozada. Qué buen retrato sin pretensiones de la España de entonces, de las inquietudes, de las particularidades tanto de los españoles de cada sitio como de la vida parisina, en un retrato de París que ni siquiera "Tú y yo" supera en bondad. El montaje de Roberto Bodegas es algo brusco, con elipsis inesperadas, pero manteniendo una claridad narrativa muy complicada para esta mezcla de tonos: documental, comedia y drama romántico. Su planificación tiene detalles tan buenos como Ana Belén entrando en un bar con una máquina de pinball a su derecha, simbolizando los empujones vitales que sufre. Y es imposible no mencionar el reparto: Laura Valenzuela guapísima, Ana Belén que con cada película vista suya se descubre como de las mejores actrices de entonces, Tina Sainz, Elena María Tejeiro, y en papeles más pequeños, Emma Cohen o Teresa Rabal. Todos se meten perfectamente en el papel de forasteros en tierra extraña.
Roberto Bodegas y los guionistas (Christian de Salonge, otro autor imposible de recuperar, el mismo Dibildos y Antonio Mingote) separan la película en viñetas casi, cada una con una intención distinta. Las hay de crítica social, como esa fantástica escena de la pareja de españoles invitados que se dedican a poner a parir a la criada simplemente porque también es española... y aquí voy a parar un rato. Me hizo gracia esa escena porque escarba en algo bastante notorio que era la diferencia entre las clases de españoles: los de la película se quejan de que las criadas vayan a París o se dediquen a otros oficios como las fábricas y no quieren aceptar el trato denigrante que les ofrecen, gracias a que en Francia se les trata bien. En Francia y en París ¿eh? Que luego estamos todos desconfiando de los franceses y se nos olvida que, vale, con condescendencia, trataban bastante bien a nuestros paisanos. Bueno, a lo que iba: una anédota que cuenta bastantes veces mi madre, cordobesa, fue de cuando se fue con mi padre a vivir en Barcelona, a principios de los sesenta. Ella ahora no tiene nada de acento, pero entonces debía tener: la burguesía catalana de entonces le dijo, más de una vez, "Ah ¿que eres andaluza? ¡Anda, como mi criada!". La mezquindad española siempre ha estado muy en forma, y de hecho la película muestra a una serie de parisinos más o menos buena gente y a una serie de españoles pobres de cultura, de espíritu y de moral, exceptuando a la protagonista y a pocos personajes más.


Sí, es un cuento moral claro. Sí, es una película que desprecia a los españoles y alaba a los parisinos. Sí, la trama melodramática final tiene una intención clara de adoctrinamiento. Pero me ha resultado muy natural, muy creíble, muy asimilable en su falta de estridencias. Lo que acaba contando es "cuidado cuando te vayas fuera, que estás solo", que me parece muy bien, y muy apto para las niñas españolas en estos tiempos de crisis. Ah, y thumbs up para el chubasquero amarillo de Ana Belén, que algún simbolismo tendrá. Y con esto os aviso que voy a hacer un español en Londres, y que cine progre, de escasa andadura, sufrirá en sus actualizaciones.


viernes, 12 de octubre de 2012

De Cuerpo Presente (Antonio Eceiza, 1967)


 Antes que nada ¡perdón, lectores, por haberos dejado tantos días sin actualizar! Desconecté las neuronas intelectuales y estuve haciendo cosas tan prosaicas como jugar al Deus Ex Human Revolution, ver series como Eureka, o beber hasta perder la conciencia con festivales de electrónica o sin ellos. Pero he vuelto, con más ganas aún de escarbar en lo más oscuro de la filmografía de España. Y qué mejor día que el 12 de Octubre. Así que empecemos con una mezcla entre la intelectualidad de Querejeta con el surrealismo de Gonzalo Suárez, las ideas de Francisco Regueiro y el vasco marxista y posteriormente exiliado Antonio Eceiza/Antxon Ezeiza. Y un reparto en el que sólo falta López Vázquez: Carlos Larrañaga, Alfredo Landa (haciendo de matón mafioso!), Tip, Coll, Lina Canalejas, Agustín González...

La película es casi indescriptible, pero esto es en gran parte por el origen de la historia: Gonzalo Suárez, novelista, al menos en sus comienzos, era un tipo bien raro que le daba al surrealismo con humor muy al estilo de Boris Vian (o eso pone en la Wikipedia que decía Cortázar de él), y sin duda "De Cuerpo Presente" tiene mucho de las novelas de Vian. La forma en la que Eceiza, Regueiro y Querejeta han adaptado la historia lo ignoro, pero el resultado es algo así como una mezcla de Fata Morgana y Agárralo Como Puedas, con Larrañaga haciendo de Leslie Nielsen. ¿Cómo se come eso? La carencia de una narración lineal o normal es algo que ya se supone viendo todos los nombres implicados: Nelson (Larrañaga) aparece envenenado por Barlow (José María Prada) y casi le entierran vivo, pero escapa del ataud, vestido en pijama, huyendo de esos mafiosos. Como al huir acaba entrando en habitaciones de mujeres, acaba buscado por la justicia como "El Sátiro Del Pijama", mientras aterriza de dormitorio en dormitorio buscando un traje. Finalmente se encuentra en medio de... finalmente no tiene ningún sentido, ni falta que le hace.


 Porque "De cuerpo presente" tiene, a pesar de todo, cierta estructura y cierto fin visible: parodiar todo el bombardeo de (sub)cultura norteamericana. Todos los diálogos consisten en frases hechas de novelas populares o películas, todas las reacciones son reacciones imposibles en un mundo normal pero con lógica dentro de esos géneros populares (enamoramientos repentinos, persecuciones hitchcockianas...), y hay parodias bastante claras tanto de la televisión como del género gangsteril o del western (esto último, lo que me ha parecido más divertido).
 Sin embargo, no hay otra forma de ver la película que entrar con toda complicidad en ella. La línea que separa lo brillante de lo aleatorio y caprichoso es muy fina, y de hecho se pisa cada terreno de forma intermitente. Es probable que ahora que estamos más acostumbrados a la exégesis de lo pop, al surrealismo, o más bien dadaísmo del humor que va más allá del Monty Python ( Pioneros del Siglo XXI y parecidos) y que, en general, nos resulte tan divertido ver tantísimo talento dedicado a la gansada intelectual, la película resulte mucho mejor recibida que como fue entonces. O no tanto entonces, que el problema de Eceiza es que estuvo décadas sin trabajar, sin nadie que recuperase su obra, como ocurre con la gran mayoría del cine progre. Vale la pena aportar toda la complicidad posible, aunque sea por esa escena tan brillante donde parodia todos los tópicos del western norteamericano respetable (parodia nada menos que ¡"Pasión de los Fuertes"!).

 ¿Elementos de cine progre y de cine político? Los hay, los hay. Por supuesto, como en toda película de finales de los 60, hay una fiesta mod de un grupo medio brillante medio insoportable que es bailado de forma epiléptica. Pero también hay críticas políticas y sociales, más o menos soterradas: periodistas que desprecian la palabra, a la que acusan de ser falsa, y alaban la imagen, la obsesión por el apocalipsis vendida como espectáculo, y cuarto y mitad de represión sexual en la España aperturista. Obviamente esto pasó la censura porque si a estos ya se le escapaban las metáforas de Saura, estas que eran mucho más soterradas directamente ni las entendían.



Finalmente no sé si recomendarla, de lo rara que es. Yo he soltado sonoras carcajadas en muchos momentos, ya que hay escenas que de puro surrealismo acaban formando un slapstick fabuloso, y ciertamente la parodia de lo pop me llega, pero son cosas que llegan en pequeñas dosis entre episodios bastante caprichosos. Y lo que siempre me preguntaré es cómo hicieron el guión ellos tres, sabiendo que hoy en día Regueiro no guarda muy buenas opiniones de Querejeta